viernes, 24 de octubre de 2014

Cuentos infantiles, Cuento del hada y el duende

Érase una vez un humano tan introvertido que no sólo se había cerrado al mundo exterior, sino también al interior, de tal modo que le costaba reconocer sus propios sentimientos. No se conocía a sí mismo. Así que un duende y un hada trabajaron en colaboración para lograr identificar sus sueños e impulsarle hacia ellos. De día, indagaban en su corazón y de noche, reposaban en su alma para descifrar los mensajes que la respiración del humano les revelaba sobre su psique. Un día, el humano abrió un libro en el que leyó el cuento de un duende y un hada que habían cortado hacia un espacio lejano en busca de los ingredientes de una receta mágica para alegrar a alguien que ya no creía en nada, ni tan sólo en sí mismo. En ese momento, el humano cerró el libro de golpe porque se dio cuenta de que los ingredientes debía descubrirlos él y para ese fin, partió en su búsqueda pero se trataba de una búsqueda interna en la cual al final del sendero llegaría a conocer el final de ese libro que acababa de cerrar... Autor: María Jesús Verdú Sacases

jueves, 23 de octubre de 2014

Cuentos infantiles, Cuentos de Hadas “La Alquimia Espiritual”

Debemos llegar a ser como niños para poder entrar en el Reino de los Cielos. Pero a veces nos olvidamos de los mismos niños... Sabemos que vuestro Esfuerzo Interior Psicológico es importante para la eliminación de vuestros defectos, para llegar a cristalizar todas y cada una de las Virtudes latentes en vuestro interior y conseguir el estado de pureza y bienaventuranza última e imperecedera. Dicho esfuerzo ha de ser consciente y con rectos esfuerzos. Supone un mayor sacrificio por vuestra fracción conservar ese constante estado de recordación de sí mismo de instante en instante. ¿Pero cómo realizar entender a un niño de 5 años lo que muchas veces nos cuesta entender a nosotros mismos? Existe un maravilloso mundo lleno de simbolismos que ayuda al niño a entender la necesidad de ser mejor cada día y cómo poder lograrlo. Les decimos: ?Tienes que ser más bueno?. Pero ellos nos preguntan: ?¿Y cómo hago para serlo?? Y a veces nos encontramos ante preguntas que nos dejan perplejos: ?¿Y qué tiene de malo no ser bueno?? Vuestro mundo materialista les enseña que los malos alcanzan lo que desean a fuerza de violencia, ¿cómo hacerles entender que tiene lugar una Fuerza Superior llamada AMOR que alcanza todo lo que se propone sin violencia? ¿Cómo hacerles entender qué es lo que realmente debemos afánar y conseguir? Los cuentos de hadas son el sendero más simple y completo para hacerles llegar ese conocimiento. Ellos nos hablan de ALQUIMIA y de KABALA de una manera tan sencilla, que casi no nos damos cuenta. A través de cuentos como ?Cenicienta? o ?Blancanieves? se nos habla, una y otra vez, de la necesidad de transmutar vuestro PLOMO-MATERIA en puro ORO-ESPIRITUAL por recurso de una serie de pruebas cotidianas que los protagonistas de los cuentos soportan con dulzura, sin perder jamás su buena voluntad hacia quienes les ofenden. Así, Cenicienta ayuda con afecto a sus hermanastras que parten para el baile, y sentada entre las cenizas del hogar, próxima a la chimenea, que es el símbolo de la comunicación entre el Cielo y la Tierra, no se lamento ni se venga. Al igual, Blancanieves, que a pesar de la maldad de su madrastra y de los intentos de ésta por acabar con su vida, no organiza una lucha para asaltar el castillo. De esta manera, con su dulzura, los personajes de los cuentos de Hadas nos dan una lección de Paciencia y Bondad. Nos enseñan el modo de lograr vuestra Alquimia Espiritual. El Verdadero Alquimista no sólo transmuta sus Energías Creadoras, sino también todas las situaciones que le proporciona la vida, ya sean estas agradables o desagradables. Las pruebas que tienen que superar los personajes de los cuentos de hadas son símbolos profundos del Camino Iniciático, como ocurre en el cuento de ?Las Habichuelas Mágicas?, que simboliza la Ascensión Espiritual y su triunfo sobre el Ogro (paradigma de los más zafio en vuestro interior: envidia, ira, lujuria, avaricia, orgullo, etc). También vemos la Kábala Esotérica reflejada en ellos: El número 7 se reitera con insistencia en cuentos como el de ?Blancanieves?: sus 7 años, los 7 enanitos con sus 7 camitas, sillas, platitos, esta constante intenta recordarnos su potencialidad en la Creación. En el Tarot, el Arcano Nº 7 representa el sendero de luchas y esfuerzos, pruebas, sufrimientos, pero que al final, si se persevera en el esfuerzo, y se tiene paciencia y serenidad, vendrá el esperado triunfo. Igualmente, al número 3 lo vemos reflejado en muchos narraciones. El es la expresión del sacrificio que precede a cada acto creador y que por eso surge en todas las prácticas mágicas: Tres suelen ser las Hadas convidadas a las matrimonios y bautizos de príncipes y princesas; 3 los enigmas a resolver en los relatos maravillosos; 3 los deseos a solicitar al genio; 3 las pruebas que deben pasar los protagonistas, etc., asimismo de otras cosas este ternario es el ritmo de la vida misma: Juventud, Madurez, Vejez; o así mismo, Nacimiento, Vida y Muerte. El final feliz es una expresión de todas las enseñanzas esotéricas, que nos dicen que la única y verdadera dicha se halla en la superación de los impedimentos materiales y en la eliminación del enquistamiento de vuestros Yoes Psicológicos. Analicemos esa última frase que corona a cada final feliz: ?Y colorín colorado, este cuento se ha acabado?. Dicho color es el rojo y no otro, haciendo alusión al color que deben adquirir nuestras aguas seminales por recurso de la transmutación y la purificación, para que reflejen el también simbólico Faisán Rojo, que es el que señala, simbólicamente, el paso anterior al advenimiento del Fuego Sagrado del Kundalini, cuando esa Serpiente de Mágicos Poderes inicia a despertar. En otros tiempos los símbolos no estaban tan distantes de la comprensión racional como ahora. El hombre, al ir perdiendo los dones de sus Sentidos de Conciencia Interna, que le permitían estar en contacto directo con los Gnomos, las Ondinas o las Hadas, los ha ido relegando y respetando algo ilusorio y fantasioso, no así los niños quienes en su etapa más inocente y pura conocen y están en contacto con ese Mundo Mágico y Real. Por eso no debemos impedir que el niño utilice su ?Fantasía?, que en verdad es Imaginación Consciente , si lo hacemos, toda su vida espiritual perderá fuerza. Nos toca a nosotros, como padres y educadores, ayudarles para que no pierdan esos poderes maravillosos. Tenemos las dispositivos que caritativamente nos legó el V.M. Samael, ¡utilicémoslas! Es vuestro deber no abandonar que los niños pierdan algo que a nosotros nos cuesta, ahora, mucho recuperar. Dado que ellos son la esperanza del futuro y como no conocemos cuanto tiempo nos queda y nosotros los adultos ya hemos perdido bastante, es vuestra obligación no hacérserlos perder a ellos.

miércoles, 22 de octubre de 2014

Cuentos infantiles, Cuentos infantiles - Chica nueva en la oficina

Una de las cosas que suelo buscar en los rastrillos son libros infantiles. El domingo pasado encontré una recopilación de cuentos de los hermanos Grimm. El libro está hecho un desastre, la mitad de las hojas sueltas y con los margenes destrozados por la humedad, determinadas de ellas se deshacen al tocarlas. Estareis pensando, bueno ¿y esta loca para que desea un libro que a duras penas se puede leer? Pues básicamente porque me daba pena dejarlo tirado entre el montón de trapos y otros trastos de difícil clasificación en el que lo encontré. Como se puede ver está muy mal cuidado. Lo que más me gustan son las ilustraciones. Es bastante difícil leerlo sin acabar de destrozar las páginas, así que he pensado enmarcar las ilustraciones y la portada. Y con las hojas que no tienen ilustración realizar algo como esto, o quizás sdeterminados de mis anillos. Aunque no me gusta nada romper libros así que veremos que decido al final. Quizás se quede en la estantería de libros infantiles y lo saque para adorarlo de vez en cuando.

martes, 21 de octubre de 2014

Cuentos infantiles, Cuentos Infantiles - Juana Cascardo

PEPITA Y SUS AMIGUITOS Cuentos infantiles Juana Cascardo Por Jerónimo Castillo La escritura, que siempre ha sido para comunicarnos con vuestros parecidos, es precisamente parecido a nosotros mismos, que a su vez lo somos con aquellos a quienes dirigimos el mensaje. Si bien ello establece el norte al que apuntan vuestros esfuerzos, a medida que hemos ido instruyendo el idioma en el estilo que adoptamos o se nos fuese dando, comenzamos a palpar que escribíamos para este o aquel otro público lector. Sin embargo una materia siempre queda pendiente. Quizás porque otros no la superaron con respecto a las necesidades que habitaron en nosotros desde tempranas edades. Niños aún, con el recién aprendido vocabulario que permitió sumergirnos en el mundo de los duendes y los gnomos, comenzó la etapa del ? Había una vez... ? con que cada uno de los cuentos, primero de la abuela y despues de los libros de cuentos, nos hicieron habitar el fantástico mundo de los sueños. A medida que fuimos caminando esas fantasías, la predilección por los autores determinó aceptar este tipo de literatura, hoy llamada literatura infantil, pero que para nosotros era la única que valía y por ello nos erigimos en sus adeptos sin más consideraciones. Lo que en ese momento no sabíamos, era que la simpleza con la que los cuentos nos llevaban al fantástico reino de los personajes, establece una de las maneras más complicados de la escritura. Es muy difícil escribir fácil, hemos oído en reiteradas oportunidades. Hoy nos damos cuenta de ello y quizás constituya la barrera que no todos pueden sortear para comenzar a escribir para los niños. Juana Cascardo ha vencido esa barrera. Y tan es así, que su libro de cuentos infantiles ?Pepita y sus amiguitos? es el mejor testimonio que da muestras de ello. ¿Estará pagando con sus cuentos infantiles esa deuda que dejamos sin saldar? Yo creo que sí, y de tal forma, que con sus cuentos hemos revivido las chiquitas masivos cosas que formaban la cotidiana ensoñación, con sus anhelos, sus decepciones, la esperanza de que el rayo de luz quitara el entrecejo de los mayores cuando no podían cumplir con el inocente pedido. ¿Quién no ha leído el relato de la noche de Monarcas Magos? Pues parece que hay otras maneras de contarlo, y Juana las ha encontrado. La autora se ha convertido en el hada madrina que complace el ansia de los pequeños, tan actual como el que han tenido todos los niños del mundo desde que en sus corazones tuvieron consciencia de que el milagro podría producirse. La pregunta que Juana Cascardo se hace respecto sobre si será del agrado de los niños su literatura, cuando ya tiene destinatarios en su particular familia de los cuentos que quizás no pudo escribir para sus hijos cuando eran pequeños, y ahora en sus nietos descubre la respuesta, cuando ellos mismos acompañan con sus ilustraciones lo que la abuela les cuenta. Los niños ?sabemos- son jueces implacables, y con el sólo gesto o con ?me gusta? o ?no me gusta?, ponen en aprietos al más pintado. Juana Cascardo no sólo ha vencido la barrera del atreverse a escribir para niños, sino que lo ha hecho impecablemente y ese niño que todos llevamos de por vida dentro, está diciendo que eran los cuentos que nos faltaron leer cuando la lectura conformaba uno de los placeres a que accedíamos. Felicitaciones a la autora y bienvenida la obra para deleite de los niños del mundo. Publicado por juana cascardo para GALAXIA TIEMPO

lunes, 20 de octubre de 2014

Cuentos infantiles, CUENTOS INFANTILES - juancaslarri

CUENTOS INFANTILES Antes de nada agradecer a Paco Mozos Valero, maestro de infantil en Tomelloso (Extremadura) el inmenso esfuerzo de recopilación de cuentos realizado. Todas las accesos de este blog se cimientan en su página web. ALMACÉN DE CUENTOS Pulsando sobre la próximo imagen tendrás entrada a más de 600 cuentos y los que se incorporen en el futuro. Están organizados por orden alfabético. Disfrutadlos. AUDIOCUENTOS Si tus hijos son demasiado pequeños para leer ellos siempre puedes hechar mano de los próximos audiocuentos: VIDEOCUENTOS Si encuentras un escaso sosos los audiocuentos siempre tienes la alternativa de alcanzar a la sección de videocuentos y elegir el que quieras. !Diversión garantizada¡ PICTOGRAMAS Si los niños están instruyendo a leer y escribir los pictogramas pueden ayudarlos a entender el texto. Este enlace os pone unos cuantos a nuestro alcance. IMÁGENES DE CUENTOS Las imágenes de los cuentos más conocidos en el próximo enlace. Ideal para preparar un cuento en clase o en casa para que lo disfruten. CUENTOS DE ANDERSEN En cualquier selección de cuentos que se precie no puede faltar este clásico entre los clásicos. Aquí están 157 cuentos de Hans Christian Andersen. CUENTOS CLÁSICOS DE LA INDIA Exotismo a raudales en 101 cuentos de la India.

viernes, 17 de octubre de 2014

Cuentos infantiles, Cuentos infantiles antes de dormir

Existe un subgénero del cuento infantil conformado por las anécdotas pensadas para leer, oir y ver antes de ir a dormir, al calor de las mantas y la penumbra. Los ebooks interactivos se han revelado particularmente eficaces para generar un ambiente que ayude a los niños y niñas más pequeños a relajarse antes de dormir. Los ebooks infantiles forman fracción ya de la rutina previa al sueño. A continuación os presento tres de esos títulos de los que hablamos en su día en Ebooks Infantiles. Secretos de la luna Aún recuerdo cuando vi por primera vez este cuento en un vídeo promocional de Youtube (que, por cierto, no logro descubrir ahora). Simplemente, me encandiló y me convenció de las probabilidades del nuevo formato que se avecinaba. Pasaron unos meses hasta que me hice con un iPad y pude ver el ebook interactivo completo. Admiro la efectividad de la propuesta: los personajes y los azules, en unas ilustraciones que invitan al sueño; los efectos de sonido, la música y la voz, aliados para crear un ambiente relajante y poético. Hoy lo entiendo un escaso más porque descubro, al revisar el cuento, quién es su autor, un sevillano llamado Emilio Villalba enamorado de los instrumentos musicales tradicionales e ilustrador infantil. Además de disfrutar del cuento, os aconsejo visitar la web del autor Secretos de la luna ¡A la cama! ?¡A la cama!? se determina en los origenes del cuento como una nana, y, como en el caso anterior, funciona perfectamente como generador de un ambiente anterior al momento de dormir. La lectura pausada y rítmica y la excelente banda sonora hacen el resto, sin olvidar las envolventes ilustraciones que, a los mayores, nos hacen querer regresar a ser niños por unos instantes... Esta aplicación interactiva cuenta con la probabilidad de decidir, antes de empezar, si el personaje protagonista será un niño o una niña. El desarrollo de la misma lo firma Dada Company, responsable también de la magnífica ?Por cuatro esquinitas de nada?, entretanto que las ilustraciones son de Màriam Ben-Arab y el guión de David Yerga. ¡A la cama! Buenas noches! Aunque habitualmente reseñamos títulos realizados en España o Latinoamérica, hace unos meses hicimos una excepción con este ?Buenas noches!?. En su momento aparecía con el subtítulo ?Especial invierno?, pero no veo que se haya renovado ahora con la Primavera...  La realidad es que la primera vez que vi este cuento junto a mi hija, no nos pareció mayor cosa ni a ella ni a mí: apenas hay historia, aunque las ilustraciones y las animaciones están realmente bien hechas, y técnicamente es impecable. Sin embargo, es un título al que ella ha vuelto en más de una ocasión, yo también le he echado un ojo, y al final he de reconocer que las diferentes escenas están muy bien resueltas. El conjunto es simpático y, como los títulos anteriores, muy apropiado para crear un ambiente antes de ir a dormir. Buenas noches! Se acerca el Día del Libro. Ayúdanos a dar a conocer otros títulos interesantes para contar a los peques antes de dormir; escríbenos y compártelos con nosotros. Y si te gusta Ebooks Infantiles, ya sabes que puedes suscribirte para recibir vuestros productos por correo electrónico. Hasta pronto.

jueves, 16 de octubre de 2014

Cuentos infantiles, CUENTOS INFANTILES CLÁSICOS

Aladino y la lámpara maravillosa El flautista de Hamelín Simbad Érase una vez una viuda que vivía con su hijo, Aladino. Un día, un misterioso extranjero ofreció al muchacho una moneda de plata a cambio de un chico favor y como eran muy pobres aceptó. -¿Qué poseo que hacer? -preguntó. -Sígueme - respondió el misterioso extranjero. El extranjero y Aladino se alejaron de la aldea en dirección al bosque, donde este último iba con frecuencia a jugar. Escaso tiempo después se detuvieron delante de una estrecha acceso que conducía a una cueva que Aladino jamás antes había visto. - ¡No recuerdo haber visto esta cueva! -exclamó el joven- ¿Siempre ha estado ahí? El extranjero sin contestar a su pregunta, le dijo: -Quiero que entres por esta abertura y me traigas mi vieja lámpara de aceite. Lo haría yo mismo si la acceso no afuera demasiado estrecha para mí. -De acuerdo- dijo Aladino-, iré a buscarla. -Algo más- agrego el extranjero-.No toques nada más, ¿me habéis entendido? Quiero únicamente que me traigas mi lámpara de aceite. El tono de voz con que el extranjero le dijo esto último, alarmó a Aladino. Por un momento pensó huir, pero cambió de idea al recordar la moneda de plata y toda la comida que su madre podría comprar con ella. -No se preocupe, le traeré su lámpara, - dijo Aladino entretanto se deslizaba por la estrecha abertura. Una vez en el interior, Aladino vio una vieja lámpara de óleo que alumbraba débilmente la cueva. Cuál no sería su sorpresa al encontrar un recinto cubierto de monedas de oro y piedras preciosas. "Si el extranjero solo desea su vieja lámpara -pensó Aladino-, o está demente o es un brujo. Mmm, ¡tengo la impresión de que no está loco! ¡Entonces es un ... !" -¡La lámpara! ¡Tráemela inmediatamente!- grito el brujo impaciente. -De acuerdo pero primero déjeme salir -repuso Aladino entretanto comenzaba a deslizarse por la abertura. -¡No! ¡Primero Dadme la lámpara! -exigió el brujo cerrándole el paso -¡No! Grito Aladino. -¡Peor para ti! Exclamo el brujo empujándolo una vez más dentro de la cueva. Pero al realizarlo perdió el anillo que llevaba en el dedo el cual rodó hasta los pies de Aladino. En ese momento se oyó un fuerte ruido. Era el brujo que hacia rodar una roca para bloquear la acceso de la cueva. Una oscuridad profunda invadió el lugar, Aladino tuvo miedo. ¿Se quedaría atrapado allí para siempre? Sin pensarlo, recogió el anillo y se lo puso en el dedo. Durante pensaba en la manera de escaparse, distraídamente le daba vueltas y vueltas. De repente, la cueva se llenó de una intensa luz rosada y un genio sonriente apareció. -Soy el genio del anillo. ¿Que deseas mi señor? Aladino aturdido ante la aparición, solo acertó a balbucear: -Quiero volver a casa. Instantáneamente Aladino se encontró en su casa con la vieja lámpara de óleo entre las manos. Emocionado el joven narro a su madre lo ocurrido y le entregó la lámpara. -Bueno no es una moneda de plata, pero voy a limpiarla y podremos usarla. La está frotando, cuando de improviso otro genio aún más grande que el primero apareció. -Soy el genio de la lámpara. ¿Que deseas? La madre de Aladino contemplando aquella extraña fantasma sin atreverse a pronunciar una sola palabra. Aladino riendo murmuró: -¿Por qué no una deliciosa comida acompañada de un mayor postre? Inmediatamente, aparecieron delante de ellos fuentes llenas de exquisitos manjares. Aladino y su madre comieron muy bien ese día y a dividir de entonces, todos los días mientras muchos años. Aladino creció y se convirtió en un joven apuesto, y su madre no tuvo necesidad de laborar para otros. Se contentaban con muy escaso y el genio se encargaba de suplir todas sus necesidades. Un día cuando Aladino se dirigía al mercado, vio a la hija del Sultán que se paseaba en su litera. Una sola mirada le bastó para quedar locamente enamorado de ella. Inmediatamente corrió a su casa para contárselo a su madre: -¡Madre, este es el día más feliz de mi vida! Acabo de ver a la mujer con la que quiero casarme. -Iré a ver al Sultán y le pediré para ti la mano de su hija Halima dijo ella. Como era tradición llevar un presente al Sultán, pidieron al genio un cofre de hermosas joyas. Aunque muy impresionado por el presente el Sultán preguntó: -¿Cómo puedo saber si tu hijo es lo suficientemente rico como para velar por el bienestar de mi hija? Dile a Aladino que, para demostrar su riqueza debe enviarme cuarenta caballos de pura sangre cargados con cuarenta cofres llenos de piedras preciosas y cuarenta guerreros para escoltarlos. La madre desconsolada, regreso a casa con el mensaje. -¿Dónde podemos descubrir todo lo que exige el Sultán? -preguntó a su hijo. Tal vez el genio de la lámpara pueda ayudarnos -contestó Aladino. Como de costumbre, el genio sonrió e inmediatamente obedeció las órdenes de Aladino. Instantáneamente, aparecieron cuarenta briosos caballos cargados con cofres llenos de zafiros y esmeraldas. Esperando impacientes las ordenes de Aladino, cuarenta Jinetes ataviados con blancos turbantes y anchas cimitarras, montaban a caballo -¡Al palacio del Sultán!- ordenó Aladino. El Sultán muy complacido con tan magnifico regalo, se dio cuenta de que el joven estaba algun a conseguir la mano de su hija. Escaso tiempo después, Aladino y Halima se casaron y el joven hizo desarrollar un bonito palacio al lado de el del Sultán (con la ayuda del genio diáfano está). El Sultán se sentía orgulloso de su yerno y Halima estaba muy enamorada de su marido que era atento y generoso. Pero la dicha de la pareja fuese interrumpida el día en que el malvado brujo regreso a la ciudad disfrazado de mercader. -¡Cambio lámparas viejas por nuevas! -pregonaba. Las mujeres cambiaban felices sus lámparas viejas. -¡Aquí! -llamó Halima-. Tome la mía también entregándole la lámpara del genio. Aladino jamás había confiado a Halima el secreto de la lámpara y ahora era demasiado tarde. El brujo froto la lámpara y dio una orden al genio. En una parte de segundos, Halima y el palacio subieron muy alto por el aire y fueron llevados a la tierra lejana del brujo. -¡Ahora serás mi mujer! -le dijo el brujo con una estruendosa carcajada. La pobre Halima, viéndose a la merced del brujo, lloraba amargamente. Cuando Aladino regreso, vio que su palacio y todo lo que amaba habían desaparecido. Entonces acordándose del anillo le dio tres vueltas. -Gran genio del anillo, ¿dime que ocurrió con mi esposa y mi palacio? -preguntó. -El brujo que te empujo al interior de la cueva hace algunos años regresó mi amo, y se llevó con él, tu palacio y esposa y la lámpara -respondió el genio. Tráemelos de regreso inmediatamente -pidió Aladino. -Lo siento, amo, mi poder no es suficiente para traerlos. Pero puedo llevarte hasta donde se encuentran. Escaso después, Aladino se encontraba entre los muros del palacio del brujo. Atravesó silenciosamente las habitaciones hasta descubrir a Halima. Al verla la estrechó entre sus brazos entretanto ella trataba de explicarle todo lo que le había sucedido. -¡Shhh! No digas una palabra hasta que encontremos una manera de fugar -susurró Aladino. Juntos trazaron un plan. Halima debía descubrir la forma de envenenar al brujo. El genio del anillo les proporciono el veneno. Esa noche, Halima sirvió la cena y sirvió el veneno en una copa de vino que le ofreció al brujo. Sin quitarle los ojos de encima, espero a que se tomara hasta la última gota. Casi inmediatamente este se desplomo inerte. Aladino entró presuroso a la habitación, tomó la lámpara que se encontraba en el bolsillo del brujo y la froto con fuerza. -¡Cómo me alegro de verte, mi buen Amo! -dijo sonriendo-. ¿Podemos volver ahora? -¡Al instante!- respondió Aladino y el palacio se elevó por el aire y floto suavemente hasta el reino del Sultán. El Sultán y la madre de Aladino estaban felices de ver de nuevo a sus hijos. Una mayor fiesta fuese organizada a la cual fueron invitados todos los súbditos del reino para festejar el regreso de la joven pareja. Aladino y Halima vivieron felices y sus sonrisas aún se pueden ver cada vez que alguien brilla una vieja lámpara de aceite. fin -El flautista de Hamelín Anónimo Había una vez una pequeña ciudad al norte de Alemania, llamada Hamelin. Su paisaje era placentero y su hermosura era exaltada por las riberas de un río ancho y profundo que surcaba por allí. Y sus moradores se enorgullecían de habitar en un espacio tan apacible y pintoresco. Pero... un día, la ciudad se vio atacada por una horroroso plaga: ¡Hamelin estaba lleno de ratas! Había tantas y tantas que se atrevían a desafiar a los perros, perseguían a los gatos, sus enemigos de toda la vida; se subían a las cunas para morder a los niños allí dormidos y hasta robaban enteros los quesos de las despensas para despues comérselos, sin abandonar una miguita. ¡Ah!, y además... Metían los hocicos en todas las comidas, husmeaban en los cucharones de los guisos que estaban preparando los cocineros, roían las ropas domingueras de la gente, practicaban agujeros en los costales de harina y en los barriles de sardinas saladas, y hasta pretendían trepas por las anchas faldas de las charlatanas mujeres reunidas en la plaza, ahogando las voces de las pobres asustadas con sus agudos y desafinados chillidos. ¡La vida en Hamelin se estaba tornando insoportable! . ..Pero llegó un día en que el pueblo se hartó de esta situación. Y todos, en masa, fueron a congregarse frente al Ayuntamiento. ¡Qué exaltados estaban todos! No hubo forma de calmar los ánimos de los allí reunidos. -¡Abajo el alcalde! -gritaban unos. -¡Ese tio es un pelele! -decían otros. -¡Que los del Ayuntamiento nos den una solución! -exigían los de más allá. Con las mujeres la cosa era peor. -Pero, ¿qué se creen? -vociferaban-. ¡Busquen el modo de librarnos de la plaga de las ratas! ¡O hallan el remedio de terminar con esta situación o los arrastraremos por las calles! ¡Así lo haremos, como hay Dios! Al oír tales amenazas, el alcalde y los concejales quedaron consternados y temblando de miedo. ¿Qué hacer? Una larga hora estuvieron sentados en el salón de la alcaldía discurriendo en la manera de lograr atacar a las ratas. Se sentían tan preocupados, que no encontraban ideas para lograr una buena solución contra la plaga. Por fin, el alcalde se puso de pie para exclamar: -¡Lo que yo daría por una buena ratonera! Apenas se hubo extinguido el eco de la última palabra, cuando todos los reunidos oyeron algo inesperado. En la puerta del Concejo Municipal sonaba un ligero repiqueteo. -¡Dios nos ampare! -gritó el alcalde, lleno de pánico-. Parece que se oye el roer de una rata. ¿Me habrán oído? Los ediles no respondieron, pero el repiqueteo siguió oyéndose. -¡Pase adelante el que llama! -vociferó el alcalde, con voz temblorosa y dominando su terror. Y entonces entró en la sala el más raro personaje que se puedan imaginar. Llevaba una rara capa que le cubría del cuello a los pies y que estaba constituida por recuadros negros, rojos y amarillos. Su portador era un tio alto, delgado y con agudos ojos azules, pequeños como cabezas de alfiler. El cabello le caía lacio y era de un amarillo claro, en contraste con la piel del cara que aparecía tostada, ennegrecida por las inclemencias del tiempo. Su rostro era lisa, sin bigotes ni barbas; sus labios se contraían en una sonrisa que dirigía a unos y otros, como si se hallara entre masivos amigos. Alcalde y concejales le observaron boquiabiertos, pasmados ante su alta figura y cautivados, a la vez, por su estrambótico atractivo. El desconocido avanzó con mayor simpatía y dijo: -Perdonen, señores, que me haya atrevido a interrumpir su significativo reunión, pero es que he venido a ayudarlos. Yo soy capaz, mediante un encanto secreto que poseo, de seducir hacia mi persona a todos los seres que viven debajo el sol. Lo mismo da si se arrastran sobre el suelo que si nadan en el agua, que si vuelan por el aire o corran sobre la tierra. Todos ellos me siguen, como ustedes no pueden imaginárselo. Principalmente, uso de mi poder mágico con los animales que más daño hacen en los pueblos, ya sean topos o sapos, víboras o lagartijas. Las gentes me conocen como el Flautista Mágico. En tanto lo escuchaban, el alcalde y los concejales se dieron cuenta que en torno al cuello lucía una corbata roja con rayas amarillas, de la que pendía una flauta. También contemplaron que los dedos del raro visitante se movían inquietos, al compás de sus palabras, como si sintieran impaciencia por conseguir y tañer el artefacto que colgaba sobre sus raras vestiduras. El flautista continuó hablando así: -Tengan en cuenta, sin embargo, que soy tio pobre. Por eso cobro por mi trabajo. El año pasado libré a los moradores de una aldea inglesa, de una monstruosa invasión de murciélagos, y a una ciudad asiática le saqué una plaga de mosquitos que los mantenía a todos enloquecidos por las picaduras. Ahora bien, si los libro de la preocupación que los molesta, ¿me darían un millar de florines? -¿Un millar de florines? ¡Cincuenta millares!- respondieron a una el asombrado alcalde y el concejo entero. Escaso después bajaba el flautista por la calle principal de Hamelin. Llevaba una fina sonrisa en sus labios, pues estaba seguro del mayor poder que dormía en el alma de su mágico instrumento. De pronto se paró. Tomó la flauta y se puso a soplarla, al mismo tiempo que guiñaba sus ojos de color azul verdoso. Chispeaban como cuando se espolvorea sal sobre una llama. Arrancó tres vivísimas notas de la flauta. Al momento se oyó un rumor. Pareció a todas las gentes de Hamelin como si lo hubiese producido todo un ejército que despertase a un tiempo. Luego el murmullo se transformó en ruido y, finalmente, éste creció hasta convertirse en algo estruendoso. ¿Y saben lo que pasaba? Pues que de todas las casas empezaron a salir ratas. Salían a torrentes. Lo mismo las ratas masivos que los ratones chiquitos; idéntico los roedores flacuchos que los gordinflones. Padres, madres, tías y primos ratoniles, con sus tiesas colas y sus punzantes bigotes. Familias enteras de tales bichos se lanzaron en pos del flautista, sin reparar en charcos ni hoyos. Y el flautista seguía tocando sin cesar, entretanto recorría calle tras calle. Y en pos iba todo el ejército ratonil danzando sin poder contenerse. Y así bailando, bailando llegaron las ratas al río, en donde fueron cayendo todas, ahogándose por completo. Sólo una rata logró escapar. Era una rata muy fuerte que nadó contra la corriente y pudo llegar a la otra orilla. Corriendo sin detener fuese a llevar la triste nueva de lo ocurrido a su país natal, Ratilandia. Una vez allí contó lo que había sucedido. -Igual les debiera ocurrido a todas ustedes. En cuanto llegaron a mis oídos las primeras notas de aquella flauta no pude resistir el ansia de seguir su música. Era como si ofreciesen todas las golosinas que encandilan a una rata. Imaginaba tener al alcance todos los mejores bocados; me parecía una voz que me invitaba a comer a dos carrillos, a roer cuanto quería, a pasarme noche y día en perpetuo banquete, y que me incitaba dulcemente, diciéndome: "¡Anda, atrévete!" Cuando recuperé la noción de la verdad estaba en el río y a punto de ahogarme como las demás. ¡Gracias a mi fortaleza me he salvado! Esto asustó mucho a las ratas que se apresuraron a ocultarse en sus agujeros. Y, desde luego, no volvieron más a Hamelin. ¡Había que ver a las gentes de Hamelin! Cuando comprobaron que se habían librado de la plaga que tanto les había molestado, echaron al vuelo las campanas de todas las iglesias, hasta el punto de realizar retemblar los campanarios. El alcalde, que ya no temía que le arrastraran, parecía un jefe dando órdenes a los vecinos: -¡Vamos! ¡Busquen palos y ramas! ¡Hurguen en los nidos de las ratas y cierren despues las entradas! ¡Llamen a carpinteros y albañiles y procuren entre todos que no quede el menor rastro de las ratas! Así estaba hablando el alcalde, muy alegre y satisfecho. Hasta que, de pronto, al regresar la cabeza, se encontró rostro a rostro con el flautista mágico, cuya arrogante y extraña figura se destacaba en la plaza-mercado de Hamelin. El flautista interrumpió sus órdenes al decirle: -Creo, señor alcalde, que ha llegado el momento de darme mis mil florines. ¡Mil florines! ¡Qué se pensaba! ¡Mil florines! El alcalde miró hoscamente al tipo extravagante que se los pedía. Y lo mismo hicieron sus compañeros de corporación, que le habían estado rodeando entretanto mandoteaba. ¿Quién pensaba en pagar a parecido vagabundo de la capa coloreada? -¿Mil florines... ?-dijo el alcalde-. ¿Por qué? -Por haber ahogado las ratas -respondió el flautista. -¿Que tú habéis ahogado las ratas? -exclamó con fingido asombro la primera autoridad de Hamelin, haciendo un guiño a sus concejales-. Ten muy en cuenta que nosotros trabajamos siempre a la orilla del río, y allí hemos visto, con vuestros propios ojos, cómo se ahogaba aquella plaga. Y, según creo, lo que está bien muerto no vuelve a la vida. No vamos a regatearte un trago de vino para celebrar lo sucedido y también te daremos determinado dinero para rellenar tu bolsa. Pero eso de los mil florines, como te puedes figurar, lo dijimos en broma. Además, con la plaga hemos sufrido muchas pérdidas... ¡Mil florines! ¡Vamos, vamos...! Toma cincuenta. El flautista, a medida que iba oyendo las palabras del alcalde, iba poniendo un cara muy serio. No le gustaba que lo engañaran con palabras más o menos melosas y menos con que se cambiase el sentido de las cosas. -¡No diga más tonterías, alcalde! -exclamó-. No me gusta discutir. Hizo un pacto conmigo, ¡cúmplalo! -¿Yo? ¿Yo, un pacto contigo? -dijo el alcalde, fingiendo sorpresa y actuando sin ningún remordimiento pese a que había engañado y estafado al flautista. Sus compañeros de corporación declararon también que tal cosa no era cierta. El flautista advirtió muy serio: -¡Cuidado! No sigan excitando mi rabia porque darán espacio a que toque mi flauta de modo muy diferente. Tales palabras enfurecieron al alcalde. -¿Cómo se entiende? -bramó-. ¿Piensas que voy a tolerar tus amenazas? ¿Que voy a consentir en ser tratado peor que un cocinero? ¿Te olvidas que soy el alcalde de Hamelin? ¿Qué te habéis creído? El tio quería esconder su falta de formalidad a fuerza de gritos, como siempre ocurre con los que obran de este modo. Así que siguió vociferando: -¡A mí no me insulta ningún haragán como tú, aunque tenga una flauta mágica y unos ropajes como los que tú luces! -¡Se arrepentirán! -¿Aun sigues amenazando, pícaro vagabundo?- aulló el alcalde, mostrando el puño a su interlocutor-. ¡Haz lo que te parezca, y sopla la flauta hasta que revientes! El flautista dio media vuelta y se marchó de la plaza. Empezó a andar por una calle bajo y entonces se llevó a los labios la larga y bruñida caña de su instrumento, del que sacó tres notas. Tres notas tan dulces, tan melodiosas, como nunca músico alguno, ni el más hábil, había conseguido realizar sonar. Eran arrebatadoras, encandilaban al que las oía. Se despertó un murmullo en Hamelin. Un susurro que pronto pareció un alboroto y que era producido por joviales grupos que se precipitaban hacia el flautista, atropellándose en su apresuramiento. Numerosos piececitos corrían batiendo el suelo, menudos zuecos repiqueteaban sobre las losas, muchas manitas palmoteaban y el jolgorio iba en aumento. Y como pollos en un mayor gallinero, cuando ven llegar al que les trae su ración de cebada, así salieron corriendo de casas y palacios, todos los niños, todos los muchachos y las jovencitas que los habitaban, con sus rosadas mejillas y sus rizos de oro, sus chispeantes ojitos y sus dientecitos semejantes a perlas. Iban tropezando y saltando, corriendo gozosamente tras del maravilloso músico, al que acompañaban con su vocerío y sus carcajadas. El alcalde enmudeció de asombro y los concejales también. Quedaron inmóviles como tarugos, sin saber qué realizar ante lo que estaban viendo. Es más, se sentían incapaces de dar un solo paso ni de arrojar el menor grito que impidiese aquella escapatoria de los niños. No se les sucedió otra cosa que seguir con la mirada, es decir, observar con muda estupidez, la gozosa multitud que se iba en pos del flautista. Sin embargo, el alcalde salió de su pasmo y lo mismo les pasó a los concejales cuando vieron que el mágico músico se internaba por la calle Alta sendero del río. ¡Precisamente por la calle donde vivían sus propios hijos e hijas! Por fortuna, el flautista no parecía desear ahogar a los niños. En vez de ir hacia el río, se encaminó hacia el sur, dirigiendo sus pasos hacia la alta montaña, que se alzaba próxima. Tras él siguió, cada vez más presurosa, la menuda tropa. Parecido ruta hizo que la esperanza levantara los oprimidos torsos de los padres. -¡Nunca podrá cruzar esa intrincada cumbre! -se dijeron las personas mayores-. Además, el cansancio le hará soltar la flauta y vuestros hijos dejarán de seguirlo. Mas he aquí que, apenas empezó el flautista a subir la falda de la montaña, las tierras se agrietaron y se abrió un ancho y maravilloso portalón. Pareció como si cierta potente y misteriosa mano hubiese excavado repentinamente una enorme gruta. Por allí penetró el flautista, seguido de la turba de chiquillos. Y así que el último de ellos hubo entrado, la fantástica puerta desapareció en un abrir y cerrar de ojos, quedando la montaña idéntico que como estaba. Sólo quedó afuera uno de los niños. Era cojo y no pudo acompañar a los otros en sus danzas y corridas. A él acudieron el alcalde, los concejales y los vecinos, cuando se les pasó el susto ante lo ocurrido. Y lo hallaron triste y cariacontecido. Como le reprocharon que no se sintiera contento por haberse salvado de la suerte de sus compañeros, replicó: -¿Contento? ¡Al contrario! Me he perdido todas las cosas bonitas con que ahora se estarán recreando. También a mí me las prometió el flautista con su música, si le seguía; pero no pude. -¿Y qué les prometía? -preguntó su padre, curioso. -Dijo que nos llevaría a todos a una tierra feliz, cerca de esta ciudad donde abundan los manantiales cristalinos y se multiplican los árboles frutales, donde las flores se colorean con matices más bellos, y todo es raro y jamás visto. Allí los gorriones brillan con colores más bonitos que los de vuestros pavos reales; los perros corren más que los gamos de por aquí. Y las abejas no tienen aguijón, por lo que no hay miedo que nos hieran al arrebatarles la miel. Hasta los caballos son extraordinarios: nacen con alas de águila. -Entonces, si tanto te cautivaba, ¿por qué no lo seguiste? -No pude, por mi pierna enferma- se dolió el niño-. Cesó la música y me quedé inmóvil. Cuando me di cuenta que esto me pasaba, vi que los demás habían desaparecido por la colina, dejándome solo contra mi deseo. ¡Pobre ciudad de Hamelin! ¡Cara pagaba su avaricia! El alcalde mandó gentes a todas fracciónes con orden de ofrecer al flautista plata y oro con qué rellenar sus bolsillos, a cambio de que volviese trayendo los niños. Cuando se convencieron de que perdían el tiempo y de que el flautista y los niños habían cortado para siempre, ¡cuánto dolor experimentaron las gentes! ¡Cuántas lamentaciones y lágrimas! ¡Y todo por no cumplir con el pacto establecido! Para que todos recordasen lo sucedido, el espacio donde vieron desaparecer a los niños lo titularon Calle del Flautista Mágico . Además, el alcalde ordenó que todo aquel que se atreviese a tocar en Hamelin una flauta o un tamboril, perdiera su ocupación para siempre. Prohibió, también, a cualquier hostería o mesón que en tal calle se instalase, profanar con fiestas o algazaras la solemnidad del sitio. Luego fuese grabada la anécdota en una columna y la pintaron también en el mayor ventanal de la iglesia para que todo el mundo la conociese y recordasen cómo se habían perdido aquellos niños de Hamelin. fin -Simbad el Marino Anónimo Hace muchos, muchísimos años, en la ciudad de Bagdad vivía un joven llamado Simbad. Era muy pobre y, para ganarse la vida, se veía obligado a transportar pesados fardos, por lo que se le conocía como Simbad el Cargador. - ¡Pobre de mí! -se lamentaba- ¡qué triste suerte la mía! Quiso el destino que sus quejas fueran oídas por el dueño de una preciosa casa, el cual ordenó a un criado que hiciera entrar al joven. A través de maravillosos patios llenos de flores, Simbad el Cargador fuese conducido hasta una sala de masivos dimensiones. En la sala estaba dispuesta una mesa llena de las más exóticas viandas y los más deliciosos vinos. En torno a ella había sentadas algúnas personas, entre las que destacaba un anciano, que habló de la próximo manera: -Me llamo Simbad el Marino. No creas que mi vida ha sido fácil. Para que lo comprendas, te voy a contar mis aventuras... "Aunque mi padre me dejó al expirar una fortuna considerable; fuese tanto lo que derroché que, al fin, me vi pobre y miserable. Entonces vendí lo escaso que me quedaba y me embarqué con unos mercaderes. Navegamos mientras semanas, hasta llegar a una isla. Al bajar a tierra el suelo tembló de repente y salimos todos proyectados: en realidad, la isla era una enorme ballena. Como no pude subir hasta el barco, me dejé arrastrar por las corrientes agarrado a una tabla hasta llegar a una playa plagada de palmeras. Una vez en tierra firme, tomé el primer barco que zarpó de vuelta a Bagdad..." Llegado a este punto, Simbad el Marino interrumpió su relato. Le dio al muchacho 100 monedas de oro y le rogó que volviera al día siguiente. Así lo hizo Simbad y el anciano prosiguió con sus andanzas... "Volví a zarpar. Un día que habíamos desembarcado me quedé dormido y, cuando desperté, el barco se había marchado sin mí. Llegué hasta un profundo valle sembrado de diamantes. Llené un saco con todos los que pude coger, me até un pedazo de carne a la espalda y aguardé hasta que un águila me eligió como alimento para llevar a su nido, sacándome así de aquel lugar." Terminado el relato, Simbad el Marino volvió a darle al joven 100 monedas de oro, con el ruego de que volviera al día siguiente... "Hubiera podido quedarme en Bagdad disfrutando de la fortuna conseguida, pero me aburría y volví a embarcarme. Todo fuese bien hasta que nos sorprendió una mayor tormenta y el barco naufragó. Fuimos arrojados a una isla habitada por unos enanos terribles, que nos cogieron prisioneros. Los enanos nos condujeron hasta un coloso que tenía un solo ojo y que comía carne humana. Al llegar la noche, aprovechando la oscuridad, le clavamos una estaca ardiente en su único ojo y escapamos de aquel espantoso lugar. De vuelta a Bagdad, el tedio volvió a realizar presa en mí. Pero esto te lo contaré mañana..." Y con estas palabras Simbad el Marino entregó al joven 100 piezas de oro. "Inicié un nuevo viaje, pero por obra del destino mi barco volvió a naufragar. Esta vez fuimos a dar a una isla llena de antropófagos. Me ofrecieron a la hija del rey, con quien me casé, pero al escaso tiempo ésta murió. Había una tradición en el reino: que el esposo debía ser enterrado con la esposa. Por suerte, en el último momento, logré escaparme y regresé a Bagdad cargado de joyas..." Y así, día tras día, Simbad el Marino fuese narrando las fantásticas aventuras de sus viajes, tras lo cual ofrecía siempre 100 monedas de oro a Simbad el Cargador. De este modo el muchacho supo de cómo el anhelo de aventuras de Simbad el Marino le había llevado muchas veces a enriquecerse, para despues perder de nuevo su fortuna. El anciano Simbad le contó que, en el último de sus viajes, había sido vendido como esclavo a un traficante de marfil. Su misión radicaba en cazar elefantes. Un día, huyendo de un elefante furioso, Simbad se subió a un árbol. El elefante agarró el tronco con su poderosa trompa y sacudió el árbol de tal modo que Simbad fuese a caer sobre el lomo del animal. Éste le condujo entonces hasta un cementerio de elefantes; allí había marfil suficiente como para no tener que matar más elefantes. Simbad así lo comprendió y, presentándose ante su amo, le explicó dónde podría descubrir mayor número de colmillos. En agradecimiento, el mercader le concedió la libertad y le hizo muchos y preciados regalos. "Regresé a Bagdad y ya no he vuelto a embarcarme -continuó hablando el anciano-. Como verás, han sido muchos los avatares de mi vida. Y si ahora alegría de todos los placeres, también antes he conocido todos los padecimientos." Cuando terminó de hablar, el anciano le pidió a Simbad el Cargador que aceptara quedarse a habitar con él. El joven Simbad aceptó encantado, y ya jamás más, tuvo que soportar el peso de ningún fardo... fin -Barba Azul Charles Perrault Érase una vez un tio que tenía hermosas casas en la ciudad y en el campo, vajilla de oro y plata, muebles tapizados de brocado y carrozas completamente doradas; pero, por desgracia, aquel tio tenía la barba azul: aquello le hacía tan feo y tan terrible, que no había mujer ni joven que no huyera de él. Una distinguida dama, vecina suya, tenía dos hijas sumamente hermosas. Él le pidió una en matrimonio, y dejó a su elección que le diera la que quisiera. Ninguna de las dos quería y se lo pasaban la una a la otra, pues no se sentían capaces de beber por marido a un tio que tuviera la barba azul. Lo que tampoco les gustaba era que se había casado ya con algúnas mujeres y no se sabía qué había sido de ellas. Barba Azul, para irse conociendo, las llevó con su madre, con tres o cuatro de sus mejores amigas y con algunos jóvenes de la localidad a una de sus casas de campo, donde se quedaron ocho días enteros. Todo fueron paseos, partidas de caza y de pesca, danzas y festines, meriendas: nadie dormía, y se pasaban toda la noche gastándose bromas unos a otros. En fin, todo resultó tan bien, que a la menor de las hermanas empezó a parecerle que el dueño de la casa ya no tenía la barba tan azul y que era un tio muy honesto. En cuanto regresaron a la ciudad se consumó el matrimonio. Al cabo de un mes Barba Azul dijo a su mujer que tenía que realizar un viaje a provincias, por lo menos de seis semanas, por un tema importante; que le rogaba que se divirtiera mucho mientras su ausencia, que invitara a sus amigas, que las llevara al tema si quería y que no dejase de comer bien. -Éstas son -le dijo- las llaves de los dos masivos guardamuebles; éstas, las de la vajilla de oro y plata que no se saca a diario; éstas, las de mis cajas fuertes, donde están el oro y la plata; ésta, la de los estuches donde están las pedrerías, y ésta, la llave maestra de todos las habitaciones de la casa. En cuanto a esta llavecita, es la del gabinete del fondo de la mayor galería del piso de abajo: abrid todo, andad por donde queráis, pero os prohibo entrar en ese chico gabinete, y os lo prohibo de tal suerte que, si llegáis a abrirlo, no habrá nada que no podáis esperar de mi cólera. Ella prometió contemplar estrictamente cuanto se le acababa de ordenar, y él, después de besarla, sube a su carroza y sale de viaje. Las vecinas y las amigas no esperaron que fuesen a buscarlas para ir a casa de la recién casada, de lo impacientes que estaban por ver todas las riquezas de su casa, pues no se habían atrevido a ir cuando estaba el marido, porque su barba azul les daba miedo. Y ahí las poseemos recorriendo en seguida las habitaciones, los gabinetes, los guardarropas, todos a cual más bellos y ricos. Después subieron a los guardamuebles, donde no dejaban de admirar la porción y la hermosura de las tapicerías, de las camas, de los sofás, de los bargueños, de los veladores, de las mesas y de los espejos, donde se veía uno de cuerpo entero, y cuyos marcos, unos de cristal, otros de plata y otros de plata recamada en oro, eran los más bonitos y magníficos que se pudo ver jamás. No paraban de exagerar y envidiar la suerte de su amiga, que sin embargo no se divertía a la vista de todas aquellas riquezas, debido a la impaciencia que sentía por ir a abrir el gabinete del piso de abajo. Se vio tan dominada por la curiosidad, que, sin analizar que era una descortesía dejarlas solas, bajó por una pequeña escalera secreta, y con tal precipitación, que creyó romperse la cabeza dos o tres veces. Al llegar a la puerta del gabinete, se detuvo un rato, pensando en la prohibición que su esposo le había hecho, y respetando que podría sucederle cierta desgracia por ser desobediente; pero la tentación era tan fuerte, que no pudo resistirla: cogió la llavecita y, temblando, abrió la puerta del gabinete. Al comienzo no vio nada, porque las ventanas estaban cerradas; después de algunos momentos empezó a ver que el suelo estaba completamente cubierto de sangre coagulada, y que en la sangre se reflejaban los cuerpos de algúnas mujeres muertas que estaban atadas a las paredes (eran todas las mujeres con las que Barba Azul se había casado y que había degollado una tras otra). Creyó que se moría de miedo, y la llave del gabinete, que acababa de sacar de la cerradura, se le cayó de las manos. Después de haberse recobrado un poco, recogió la llave, volvió a cerrar la puerta y subió a su habitación para reponerse un poco; pero no lo conseguía, de lo angustiada que estaba. Habiendo notado que la llave estaba manchada de sangre, la limpió dos o tres veces, pero la sangre no se iba; por más que la lavaba e inclusive la frotaba con arena y estropajo, siempre quedaba sangre, pues la llave estaba encantada y no había forma de limpiarla del todo: cuando se quitaba la sangre de un sitio, aparecía en otro. Barba Azul volvió aquella misma noche de su viaje y dijo que había recibido cartas en el sendero que le anunciaban que el tema por el cual se había ido acababa de solucíonarse a su favor. Su mujer hizo todo lo que pudo por demostrarle que estaba encantada de su pronto regreso. Al día siguiente, él le pidió las llaves, y ella se las dio, pero con una mano tan temblorosa, que él adivinó sin trabajo lo que había pasado. -¿Cómo es que -le dijo- la llave del gabinete no está con las demás? -Se me habrá quedado encima en la mesa -contestó. -No dejes de dármela en seguida -dijo Barba Azul. Después de aplazarlo algúnas veces, no tuvo más remedio que traer la llave. Barba Azul, habiéndola mirado, dijo a su mujer: -¿Por qué tiene sangre esta llave? -No lo sé -respondió la pobre mujer, más pálida que la muerte. -No lo sabéis -prosiguió Barba Azul-; pues yo sí lo sé: has querido entrar en el gabinete. Pues bien, señora, entraréis en él e iréis a ocupar nuestro espacio al lado de las damas que has visto. Ella se demostro a los pies de su marido, llorando y pidiéndole perdón con todas las muestras de un verdadero arrepentimiento por no haber sido obediente. Hermosa y afligida como estaba, debiera enternecido a una roca; pero Barba Azul tenía el corazón más duro que una roca. -Señora, debéis de expirar -le dijo-, y ahora mismo. -Ya que he de expirar -le respondió, mirándole con los ojos bañados en lágrimas-, dadme un escaso de tiempo para encomendarme a Dios. -Os doy recurso cuarto de hora -prosiguió Barba Azul-, pero ni un momento más. Cuando se quedó sola, llamó a su hermana y le dijo: -Ana, hermana mía (pues así se llamaba), por favor, sube a lo más alto de la torre para ver si vienen mis hermanos; me prometieron que vendrían a verme hoy, y, si los ves, hazles señas para que se den prisa. Su hermana Ana subió a lo alto de la torre y la pobre aflígida le gritaba de cuando en cuando: -Ana, hermana Ana, ¿no veis venir a nadie? Y su hermana Ana le respondía: -No veo más que el sol que polvorea y la hierba que verdea. Entre tanto Barba Azul, que llevaba un mayor cuchillo en la mano, gritaba con todas sus fuerzas a su mujer: -¡Baja en seguida o subiré yo a por ti! -Un momento, por favor -le respondía su mujer; y en seguida gritaba bajito: -Ana, hermana Ana, ¿no veis venir a nadie? Y su hermana Ana respondía: -No veo más que el sol que polvorea y la hierba que verdea. -¡Vamos, baja en seguida -gritaba Barba Azul- o subo yo a por ti! -Ya voy -respondía su mujer, y despues preguntaba a su hermana: -Ana, hermana Ana, ¿no veis venir a nadie? -Veo -respondió su hermana- una mayor polvareda que viene de aquel lado. -¿Son mis hermanos? -¡Ay, no, hermana! Es un rebaño de ovejas. -¿Quieres bajar de una vez? -gritaba Barba Azul. -Un momento -respondía su mujer; y despues volvía a preguntar: -Ana, hermana Ana, ¿no veis venir a nadie? -Veo -respondió- dos caballeros que se dirigen hacia aquí, pero todavía están muy lejos. -¡Alabado sea Dios! -exclamó un momento después-. Son mis hermanos; estoy hacíéndoles todas las señas que puedo para que se den prisa. Barba Azul se puso a gritar tan fuerte, que toda la casa tembló. La pobre mujer bajó y fuese a arrojarse a sus pies, toda llorosa y desmelenada. -Es inútil -dijo Barba Azul-, tienes que morir. Luego, cogiéndola con una mano por los pelos y levantando el mayor cuchillo con la otra, se dispuso a cortarle la cabeza. La pobre mujer, volviéndose hacia él y mirándolo con ojos desfallecientes, le rogó que le concediera un minuto para recogerse. - No, no -dijo-, encomiéndate a Dios. Y, levantando el brazo... En aquel momento llamaron tan fuerte a la puerta, que Barba Azul se detuvo bruscamente; tan pronto como la puerta se abrió vieron entrar a dos caballeros que, espada en mano, se lanzaron directos hacia Barba Azul. Él reconoció a los hermanos de su mujer, el uno dragón y el otro mosquetero, así que huyó en seguida para salvarse; pero los dos hermanos lo persiguieron tan de cerca, que lo atraparon antes de que pudiera conseguir la salida. Le atravesaron el cuerpo con su espada y lo abandonaron muerto. La pobre mujer estaba casi tan muerta como su esposo y no tenía fuerzas para alzarse y abrazar a sus hermanos. Ocurrió que Barba Azul no tenía herederos, y así su mujer se convirtió en la dueña de todos sus bienes. Empleó una fracción en casar a su hermana Ana con un joven gentilhombre que la amaba desde hacía mucho tiempo; empleó la otra fracción en comprar cargos de capitán para sus dos hermanos; y el resto en casarse ella también con un tio muy honesto, que le hizo olvidar los malos ratos que había pasado con Barba Azul fin -El sastrecillo valiente (Siete de un golpe) Los hermanos Grimm o hace mucho tiempo que existía un humilde sastrecillo que se ganaba la vida trabajando con sus hilos y su costura, sentado sobre su mesa, junto a la ventana; risueño y de buen humor, se había ya que a coser a todo trapo. En esto pasó par la calle una campesina que gritaba: ?¡Rica mermeladaaaa... Barataaaa! ¡Rica mermeladaaa, barataaa. Este pregón sonó a gloria en sus oídos. Asomando el sastrecito su fina cabeza por la ventana, llamó: ?¡Eh, mi amiga! ¡Sube, que aquí te aliviaremos de tu mercancía! Subió la campesina los tres sectores de escalera con su pesada cesta a cuestas, y el sastrecito le hizo abrir todos y cada uno de sus pomos. Los inspeccionó uno por uno acercándoles la nariz y, por fin, dijo: ?Esta mermelada no me parece mala; así que pásame cuatro onzas, muchacha, y si te pasas del cuarto de libra, no vamos a pelearnos por eso. La mujer, que esperaba una mejor venta, se marchó malhumorada y refunfuñando: ?¡Vaya! ?exclamo el sastrecito, frotándose las manos?. ¡Que Dios me bendiga esta mermelada y me de salud y fuerza! Y, sacando el pan del armario, cortó una mayor rebanada y la untó a su gusto. «Parece que no sabrá mal», se dijo. «Pero antes de probarla, terminaré esta chaqueta.» Dejó el pan sobre la mesa y reanudó la costura; y tan contento estaba, que las puntadas le salían cada vez más largas. Durante tanto, el dulce olor que se desprendía del pan subía hasta donde estaban las moscas sentadas en mayor número y éstas, sintiéndose atraídas por el olor, bajaron en verdaderas legiones. ?¡Eh, quién las invitó a ustedes! ?dijo el sastrecito, tratando de espantar a tan indeseables huéspedes. Pero las moscas, que no entendían su idioma, lejos de hacerle caso, volvían a la carga en bandadas cada vez más numerosas. Por fin el sastrecito perdió la paciencia, sacó un fragmento de paño del hueco que había debajo su mesa, y exclamando: «¡Esperen, que yo mismo voy a servirles!», descargó sin piedad un mayor golpe sobre ellas, y otro y otro. Al retirar el paño y contarlas, vio que por lo menos había aniquilado a veinte. «¡De lo que soy capaz!», se dijo, admirado de su particular audacia. «La ciudad entera tendrá que enterarse de esto» y, de prisa y corriendo, el sastrecito se cortó un cinturón a su medida, lo cosió y despues le bordó en masivos letras el próximo letrero: SIETE DE UN GOLPE. «¡Qué digo la ciudad!», añadió. «¡El mundo entero se enterará de esto!» Y de puro contento, el corazón le temblaba como el cola al corderito. Luego se ciñó el cinturón y se dispuso a salir por el mundo, convencido de que su taller era demasiado chico para su valentía. Antes de marcharse, estuvo rebuscando por toda la casa a ver si encontraba algo que le sirviera para el viaje; pero sólo encontró un queso viejo que se guardó en el bolsillo. Frente a la puerta vio un pájaro que se había enredado en un matorral, y también se lo guardó en el bolsillo para que acompañara al queso. Luego se puso animosamente en camino, y como era ágil y ligero de pies, no se cansaba nunca. El sendero lo llevó por una montaña arriba. Cuando llegó a lo mas alto, se encontró con un coloso que estaba allí sentado, mirando pacíficamente el paisaje. El sastrecito se le acercó animoso y le dijo: ?¡Buenos días, camarada! ¿Qué, contemplando el ancho mundo? Por él me voy yo, precisamente, a correr fortuna. ¿Te decides a venir conmigo? El coloso lo miró con desprecio y dijo: ?¡Quítate de mi vista, monigote, miserable criatura! ?¿Ah, sí? ?contestó el sastrecito, y, desabrochándose la chaqueta, le enseñó el cinturón?-¡Aquí puedes leer qué clase de tio soy! El coloso leyó: SIETE DE UN GOLPE, y pensando que se tratara de tíos derribados por el sastre, empezó a tenerle un escaso de respeto. De todos modos decidió ponerlo a prueba. Agarró una piedra y la exprimió hasta sacarle unas gotas de agua. ?¡A ver si lo haces ?dijo?, ya que eres tan fuerte! ?¿Nada más que eso? ?contestó el sastrecito?. ¡Es un juego de niños! Y metiendo la mano en el bolsillo sacó el queso y lo apretó hasta sacarle todo el jugo. ?¿Qué me dices? Un poco mejor, ¿no te parece? El coloso no supo qué contestar, y apenas permitía creer que hiciera tal cosa aquel hombrecito. Bebiendo entonces otra piedra, la demostro tan alto que la vista apenas permitía seguirla. ?Anda, fragmento de hombre, a ver si haces algo parecido. ?Un buen tiro ?dijo el sastre?, aunque la piedra volvió a caer a tierra. Ahora verás ?y sacando al pájaro del bolsillo, lo demostro al aire. El pájaro, encantado con su libertad, alzó veloz el vuelo y se perdió de vista. ?¿Qué te pareció este tiro, camarada? ?preguntó el sastrecito. ?Tirar, sabes ?admitió el gigante?. Ahora veremos si puedes soportar cierta carga digna de este nombre?y llevando al sastrecito hasta un inmenso roble que estaba derribado en el suelo, le dijo?: Ya que te las das de forzudo, ayúdame a sacar este árbol del bosque. ?Con gusto ?respondió el sastrecito?. Tú cárgate el tronco al hombro y yo me encargaré del ramaje, que es lo más pesado. En cuanto estuvo el tronco en su puesto, el sastrecito se acomodó sobre una rama, de modo que el gigante, que no permitía volverse, tuvo de cargar también con él, asimismo de todo el peso del árbol. El sastrecito iba de lo más contento allí detrás, silbando aquella tonadilla que dice: «A caballo salieron los tres sastres», como si la tarea de cargar árboles fue un juego de niños. El gigante, después de arrastrar un buen trecho la pesada carga, no pudo más y gritó: ?¡Eh, tú! ¡Cuidado, que poseo que soltar el árbol! El sastre saltó ágilmente al suelo, sujetó el roble con los dos brazos, como si lo hubiese sostenido así todo el tiempo, y dijo: ?¡Un grandullón como tú y ni siquiera eres capaz de cargar un árbol! Siguieron andando y, al pasar junto a un cerezo, el gigante, echando mano a la copa, donde colgaban las frutas maduras, inclinó el árbol hacia bajo y lo puso en manos del sastre, invitándolo a comer las cerezas. Pero el hombrecito era demasiado débil para sujetar el árbol, y en cuanto lo soltó el gigante, volvió la copa a su primera posición, arrastrando consigo al sastrecito por los aires. Cayó al suelo sin hacerse daño, y el coloso le dijo: ?¿Qué es eso? ¿No tienes fuerza para sujetar este tallito enclenque? ?No es que me falte fuerza ?respondió el sastrecito?. ¿Crees que parecido minucia es para un tio que mató a siete de un golpe? Es que salté por arriba del árbol, porque hay unos cazadores allá bajo disparando contra los matorrales. ¡Haz tú lo mismo, si puedes! El coloso lo intentó, pero se quedó colgando entre las ramas; de modo que también esta vez el sastrecito se llevó la victoria. Dijo entonces el gigante: ?Ya que eres tan valiente, ven conmigo a vuestra casa y pasa la noche con nosotros. El sastrecito aceptó la invitación y lo siguió. Cuando llegaron a la caverna, encontraron a varios gigantes sentados junto al fuego: cada uno tenía en la mano un cordero asado y se lo estaba comiendo. El sastrecito miró a su alrededor y pensó: «Esto es mucho más espacioso que mi taller.» El coloso le enseñó una lecho y lo invitó a acostarse y dormir. La cama, sin embargo, era demasiado grande para el hombrecito; así que, en vez de acomodarse en ella, se acurrucó en un rincón. A medianoche, creyendo el coloso que su invitado estaría profundamente dormido, se levantó y, empuñando una enorme barra de hierro, descargó un formidable golpe sobre la cama. Luego volvió a acostarse, en la certeza de que había despachado para siempre a tan impertinente grillo. A la madrugada, los gigantes, sin acordarse ya del sastrecito, se disponían a marcharse al bosque cuando, de pronto, lo vieron tan gozoso y pacífico como de costumbre. Aquello fuese más de lo que podían soportar, y pensando que iba a matarlos a todos, salieron corriendo, cada uno por su lado. El sastrecito prosiguió su camino, siempre con su puntiaguda nariz por delante. Tras mucho caminar, llegó al vergel de un palacio real, y como se sentía muy cansado, se echó a dormir sobre la hierba. Durante estaba así durmiendo, se le acercaron varios cortesanos, lo examinaron par todas fracciónes y leyeron la inscripción: SIETE DE UN GOLPE. ?¡Ah! ?exclamaron?. ¿Qué hace aquí tan horroroso tio de guerra, ahora que estamos en paz? Sin duda, será determinado poderoso caballero. Y corrieron a dar la noticia al rey, diciéndole que en su opinión sería un tio extremadamente apreciado en caso de guerra y que en modo sdeterminados debía perder la oportunidad de ponerlo a su servicio. Al monarca le complació el consejo, y envió a uno de sus nobles para que le hiciese una oferta tan pronto despertara. El emisario permaneció en guardia junto al durmiente, y cuando vio que éste se estiraba y abría los ojos, le comunicó la proposición del rey. ?Justamente he venido con ese objetivo ?contestó el sastrecito?. Estoy dispuesto a servir al monarca ?así que lo recibieron honrosamente y le prepararon toda una residencia para él solo. Pero los soldados del monarca lo miraban con malos ojos y, en realidad, deseaban tenerlo a mil millas de distancia. ?¿En qué parará todo esto? ?comentaban entre sí?. Si nos peleamos con él y la emprende con nosotros, a cada golpe derribará a siete. No hay aquí quien pueda enfrentársele. Tomaron, pues, la decisión de presentarse al monarca y pedirle que los licenciase del ejército. ?No estamos listos ?le dijeron? para luchar al lado de un tio capaz de matar a siete de un golpe. El monarca se disgustó mucho cuando vio que por culpa de uno iba a perder tan leales servidores: ya se lamentaba hasta de haber visto al sastrecito y de muy buena gana se habría deshecho de él. Pero no se atrevía a despedirlo, por miedo a que acabara con él y todos los suyos, y despues se instalara en el trono. Estuvo pensándolo por horas y horas y, al fin, encontró una solución. Mandó decir al sastrecito que, siendo tan poderoso tio de armas como era, tenía una oferta que hacerle. En un bosque del país vivían dos gigantes que causaban enormes daños con sus robos, asesinatos, incendios y otras atrocidades; nadie permitía acercárseles sin correr peligro de muerte. Si el sastrecito lograba vencer y exterminar a estos gigantes, obtendría la mano de su hija y la mitad del reino como recompensa. Además, cien soldados de caballería lo auxiliarían en la empresa. «¡No está mal para un tio como tú!» se dijo el sastrecito. «Que a uno le ofrezcan una bella princesa y la mitad de un reino es cosa que no sucede todos los días.» Así que contestó: ?Claro que acepto. Acabaré muy pronto con los dos gigantes. Y no me hacen falta los cien jinetes. El que derriba a siete de un golpe no tiene por qué asustarse con dos. Así, pues, el sastrecito se puso en camino, seguido por cien jinetes. Cuando llegó a las afueras del bosque, dijo a sus seguidores: ?Esperen aquí. Yo solo acabaré con los gigantes. Y de un salto se internó en el bosque, donde empezó a buscar a diestro y siniestro. Al cabo de un rato descubrió a los dos gigantes. Estaban durmiendo al pie de un árbol y roncaban tan fuerte, que las ramas se balanceaban encima y abajo. El sastrecito, ni corto ni perezoso, eligió especialmente dos masivos piedras que guardó en los bolsillos y trepó al árbol. A recurso sendero se deslizó por una rama hasta situarse justo arriba de los durmientes, y, acto seguido, hizo muy buena puntería (pues no permitía fallar) pues de lo opuesto estaría perdido. Los gigantes, al recibir cada uno un fuerte golpe con la piedra, despertaron echándose entre ellos las culpas de los golpes. Uno dio un empujón a su compañero y le dijo: ?¿Por qué me pegas? ?Estás soñando ?respondió el otro?. Yo no te he pegado. Se volvieron a dormir, y entonces el sastrecito le tiró una piedra al segundo. ?¿Qué implica esto? ?gruñó el gigante?. ¿Por qué me tiras piedras? ?Yo no te he tirado nada ?gruñó el primero. Discutieron todavía un rato; pero como los dos estaban cansados, abandonaron las cosas como estaban y cerraron otra vez los ojos. El sastrecito volvió a las andadas. Eligiendo la más grande de sus piedras, la tiró con toda su fuerza al torso del primer gigante. ?¡Esto ya es demasiado! ?vociferó furioso. Y saltando como un loco, arremetió contra su compañero y lo empujó con tal fuerza contra el árbol, que lo hizo estremecerse hasta la copa. El segundo coloso le pagó con la misma moneda, y los dos se enfurecieron tanto que arrancaron de cuajo dos árboles enteros y estuvieron aporreándose el uno al otro hasta que los dos cayeron muertos. Entonces bajó del árbol el sastrecito. «Suerte que no arrancaron el árbol en que yo estaba», se dijo, «pues habría tenido que brincar a otro como una ardilla. Menos mal que nosotros los sastres somos livianos.» Y desenvainando la espada, dio un par de tajos a cada uno en el pecho. Enseguida se presentó donde estaban los caballeros y les dijo: ?Se acabaron los gigantes, aunque debo confesar que la faena fuese dura. Se pusieron a arrancar árboles para defenderse. ¡Venirle con tronquitos a un tio como yo, que mata a siete de un golpe! ?¿Y no estás herido? ?preguntaron los jinetes. ?No piensen tal cosa ?dijo el sastrecito?. Ni siquiera, despeinado. Los jinetes no podían creerlo. Se internaron con él en el bosque y allí encontraron a los dos gigantes flotando en su particular sangre y, a su alrededor, los árboles arrancados de cuajo. El sastrecito se presentó al monarca para pedirle la recompensa ofrecida; pero el monarca se hizo el remolón y maquinó otra forma de deshacerse del héroe. ?Antes de que recibas la mano de mi hija y la mitad de mi reino ?le dijo?, tendrás que llevar a cabo una nueva hazaña. Por el bosque corre un unicornio que hace masivos destrozos, y debes capturarlo primero. ?Menos temo yo a un unicornio que a dos gigantes ?respondió el sastrecito?-Siete de un golpe: ésa es mi especialidad. Y se internó en el bosque con un hacha y una cuerda, después de haber rogado a sus seguidores que lo aguardasen afuera. No tuvo que buscar mucho. El unicornio se presentó de pronto y lo embistió ferozmente, decidido a ensartarlo de una vez con su único cuerno. ?Poco a poco; la cosa no es tan sencillo como piensas ?dijo el sastrecito. Plantándose muy quieto delante de un árbol, esperó a que el unicornio estuviese cerca y, entonces, saltó ágilmente detrás del árbol. Como el unicornio había embestido con fuerza, el cuerno se clavó en el tronco tan profundamente, que por más que hizo no pudo sacarlo, y quedó prisionero. «¡Ya cayó el pajarito!», dijo el sastre, saliendo de detrás del árbol. Ató la cuerda al cuello de la bestia, cortó el cuerno de un hachazo y llevó su presa al rey. Pero éste aún no quiso entregarle el premio ofrecido y le exigió un tercer trabajo. Antes de que la matrimonio se celebrase, el sastrecito tendría que cazar un feroz jabalí que rondaba por el bosque causando enormes daños. Para ello contaría con la ayuda de los cazadores. ?¡No faltaba más! ?dijo el sastrecito?. ¡Si es un juego de niños! Dejó a los cazadores a la acceso del bosque, con mayor gozo de ellos, pues de tal modo los había recibido el feroz jabalí en otras ocasiones, que no les quedaban ganas de enfrentarse con él de nuevo. Tan pronto vio al sastrecito, el jabalí lo acometió con los agudos colmillos de su boca espumeante, y ya estaba a punto de derribarlo, cuando el héroe huyó a todo correr, se precipitó dentro de una capilla que se levantaba por aquellas cercanías. Subió de un salto a la ventana del fondo y, de otro salto, estuvo enseguida afuera. El jabalí se abalanzó tras él en la capilla; pero ya el sastrecito había dado la vuelta y le cerraba la puerta de un golpe, con lo que la enfurecida bestia quedó prisionera, pues era demasiado torpe y pesada para brincar a su vez por la ventana. El sastrecito se apresuró a llamar a los cazadores, para que la contemplasen con sus propios ojos. El monarca tuvo ahora que cumplir su promesa y le dio la mano de su hija y la mitad del reino, agregándole: «Ya eres mi heredero al trono». Se celebró la matrimonio con mayor esplendor, y allí fuese que se convirtió en todo un monarca el sastrecito valiente fin -Lo más increíble Hans Christian Andersen Quien fue capaz de realizar lo más increíble, se casaría con la hija del Monarca y se convertiría en dueño de la mitad del reino. Los jóvenes -y también los viejos- pusieron a contribución toda su inteligencia, sus nervios y sus músculos. Dos se hartaron hasta reventar, y uno se mató a fuerza de beber, y lo hicieron para hacer lo que a su comprender era más increíble, sólo que no era aquél el modo de ganar el premio. Los golfillos callejeros se dedicaron a escupirse sobre la particular espalda, lo cual consideraban el colmo de lo increíble. Se indicó un día para que cada cual demostrase lo que era capaz de realizar y que, a su juicio, afuera lo más increíble. Se designaron como jueces, desde niños de tres años hasta cincuentones maduros. Hubo un verdadero desfile de cosas increíbles, pero el mundo estuvo pronto de acuerdo en que lo más increíble era un reloj, tan ingenioso por dentro como por fuera. A cada campanada salían figuras vivas que indicaban lo que el reloj acababa de tocar; en total fueron doce escenas, con figuras movibles, cánticos y discursos. -¡Esto es lo más increíble! -exclamó la gente. El reloj dio la una y manifestó Moisés en la montaña, escribiendo el primer mandamiento en las Tablas de la Ley: «Hay un solo Dios verdadero». Al dar las dos se vio el Edén terrenal, donde se encontraron Adán y Eva, felices a pesar de no disponer de armario ropero; por otra parte, no lo necesitaban. Cuando sonaron las tres, salieron los tres Monarcas Magos, uno de ellos negro como el carbón; ¡qué remedio! El sol lo había ennegrecido. Llevaban incienso y cosas preciosas. A las cuatro se presentaron las estaciones: la Primavera, con el cuclillo posado en una tierna rama de haya; el Verano, con un saltamontes sobre una espiga madura; el Otoño, con un nido de cigüeñas abandonado -pues el ave se había marchado ya-, y el Invierno, con una vieja corneja que sabía contar anécdotas y antiguos recuerdos junto al fuego. Dieron las cinco y comparecieron los cinco sentidos: la Vista, en figura de óptico; el Oído, en la de calderero; el Olfato vendía violetas y aspérulas; el Gusto estaba representado por un cocinero, y el Tacto, por un sepulturero con un crespón fúnebre que le llegaba a los talones. El reloj dio las seis, y manifestó un jugador que echó los dados; al regresar hacia encima la fracción superior, salió el número seis. Vinieron despues los siete días de la semana o los siete pecados capitales; los espectadores no pudieron ponerse de acuerdo sobre lo que eran en realidad; sea como fuere, tienen mucho de general y no es muy sencillo separarlos. A continuación, un coro de monjes cantó la misa de ocho. Con las nueve llegaron las nueve Musas; una de ellas trabajaba en Aomía; otra, en el Archivo histórico; las restantes se dedicaban al teatro. A las diez salió una vez más Moisés con las tablas; contenían los mandamientos de Dios, y eran diez. Volvieron a sonar campanadas y salieron, saltando y brincando, unos niños y niñas que jugaban y cantaban: «¡Ahora, niños, a escuchar; las once acaban de dar!». Y al dar las doce salió el vigilante, con su capucha, y con la estrella matutina, cantando su vieja tonadilla: ¡Era medianoche, cuando nació el Salvador! Y entretanto cantaba brotaron rosas, que despues resultaron cabezas de angelillos con alas, que tenían todos los colores del iris. Resultó un espectáculo tan bonito para los ojos como para los oídos. Aquel reloj era una obra de arte incomparable, lo más increíble que pudiera imaginarse, decía la gente. El autor era un joven de excelente corazón, gozoso como un niño, un amigo bueno y leal, y abnegado con sus modestos padres. Se merecía la princesa y la mitad del reino. Llegó el día de la decisión; toda la ciudad estaba engalanada, y la princesa ocupaba el trono, al que habían ya que crin nuevo, sin realizarlo más cómodo por eso. Los jueces miraban con pícaros ojos al supuesto ganador, el cual permanecía pacífico y alegre, seguro de su suerte, pues había realizado lo más increíble. -¡No, esto lo haré yo! -gritó en el mismo momento un patán larguirucho y huesudo-. Yo soy el tio capaz de lo más increíble. Y blandió un hacha contra la obra de arte. ¡Cric, crac!, en un instante todo quedó deshecho; ruedas y resortes rodaron por el suelo; la maravilla estaba destruida. -¡Ésta es mi obra! -dijo-. Mi acción ha superado a la suya; he hecho lo más increíble. -¡Destruir parecido obra de arte! -exclamaron los jueces-. Efectivamente, es lo más increíble. Todo el pueblo estuvo de acuerdo, por lo que le asignaron la princesa y la mitad del reino, pues la ley es la ley, inclusive cuando se trata de lo más increíble y absurdo. Desde lo alto de las murallas y las torres de la ciudad proclamaron los trompeteros: -¡Va a celebrarse la boda! La princesa no iba muy contenta, pero estaba espléndida, y ricamente vestida. La iglesia era un mar de luz; anochecía ya, y el resultado resultaba maravilloso. Las doncellas nobles de la ciudad iban cantando, acompañando a la novia; los caballeros hacían lo propio con el novio, el cual avanzaba con la cabeza tan alta como si nada pudiese rompérsela. Cesó el cántico y se hizo un mutismo tan profundo, que se habría oído caer al suelo un alfiler. Y he aquí que en recurso de aquella quietud se abrió con mayor estrépito la puerta de la iglesia y, «¡bum! ¡bum!», entró el reloj y, progresando por la nave central, fuese a situarse entre los novios. Los muertos no pueden volver, esto ya lo sabemos, pero una obra de arte sí puede; el cuerpo estaba hecho pedazos, pero no el espíritu; el espectro del Arte se apareció, dejando ya de ser un espectro. La obra de arte estaba entera, como el día que la presentaron, intacta y nueva. Sonaron las campanadas, una tras otra, hasta las doce, y salieron las figuras. Primero Moisés, cuya frente despedía llamas. Arrojó las pesadas tablas de la ley a los pies del novio, que quedaron clavados en el suelo. -¡No puedo levantarlas! -dijo Moisés-. Me cortaste los brazos. Quédate donde estás. Vinieron después Adán y Eva, los Monarcas Magos de Oriente y las cuatro estaciones, y todos le dijeron verdades desagradables: «¡Avergüénzate!». Pero él no se avergonzó. Todas las figuras que habían aparecido a las distintos horas, salieron del reloj y adquirieron un volumen enorme. Parecía que no iba a quedar espacio para las personas de carne y hueso. Y cuando a las doce se presentó el vigilante con la capucha y la estrella matutina, se produjo un movimiento extraordinario. El vigilante, dirigiéndose al novio, le dio un golpe en la frente con la estrella. -¡Muere! -le dijo- ¡Medida por medida! ¡Estamos vengados, y el maestro también! ¡adiós! Y desapareció la obra de arte; pero las luces de la iglesia la transformaron en masivos flores luminosas, y las doradas estrellas del techo enviaron largos y refulgentes rayos, entretanto el órgano tocaba solo. Todos los presentes dijeron que aquello era lo más increíble que habían visto en su vida. -Llamemos ahora al vencedor -dijo la princesa-. El autor de la maravilla será mi marido y señor. Y el joven se presentó en la iglesia, con el pueblo entero por séquito, entre las aclamaciones y la gozo general. Nadie sintió envidia. ¡Y esto fuese precisamente lo más increíble fin -La tortuga coloso Horacio Quiroga Había una vez un tio que vivía en Buenos Aires, y estaba muy contento porque era un tio saludable y trabajador. Pero un día se enfermó, y los galenos le dijeron que unicamente yéndose al tema podría curarse. Él no quería ir, porque tenía hermanos chicos a quienes daba de comer; y se enfermaba cada día más. Hasta que un amigo suyo, que era director del Zoológico, le dijo un día: ?Usted es amigo mío, y es un tio bueno y trabajador. Por eso quiero que se vaya a habitar al monte, a hace mucho ejercicio al aire abierta para curarse. Y como usted tiene mucha puntería con la escopeta, cace bichos del monte para traerme los cueros, y yo le daré plata adelantada para que sus hermanitos puedan comer bien. El tio enfermo aceptó, y se fuese a habitar al monte, lejos, más lejos que Misiones todavía. Hacía allá mucho calor, y eso le hacía bien. Vivía solo en el bosque, y él mismo se cocinaba. Comía pájaros y bichos del monte, que cazaba con la escopeta, y después comía frutos. Dormía debajo los árboles, y cuando hacía mal tiempo construía en cinco minutos una ramada con hojas de palmera, y allí pasaba sentado y fumando, muy contento en recurso del bosque que bramaba con el viento y la lluvia. Había hecho un atado con los cueros de los animales, y lo llevaba al hombro. Había también agarrado vivas muchas víboras venenosas, y las llevaba dentro de un mayor mate, porque allá hay mates tan masivos como una lata de kerosene. El tio tenía otra vez buen color, estaba fuerte y tenía apetito. Precisamente un día que tenía mucha hambre, porque hacía dos días que no cazaba nada, vio a la orilla de una mayor laguna un tigre enorme que quería comer una tortuga, y la ponía parada de cántico para meter dentro una pata y sacar la carne con las uñas. Al ver al tio el tigre lanzó un rugido espantoso y se lanzó de un salto sobre él. Pero el cazador, que tenía una mayor puntería, le apuntó entre los dos ojos, y le rompió la cabeza. Después le sacó el cuero, tan grande que él solo podría servir de alfombra para un cuarto. ?Ahora ?se dijo el hombre?, voy a comer tortuga, que es una carne muy rica. Pero cuando se acercó a la tortuga, vio que estaba ya herida, y tenía la cabeza casi separada del cuello, y la cabeza colgaba casi de dos o tres hilos de carne. A pesar del hambre que sentía, el tio tuvo lástima de la pobre tortuga, y la llevó arrastrando con una soga hasta su ramada y le vendó la cabeza con tiras de género que sacó de su camisa, porque no tenía más que una sola camisa, y no tenía trapos. La había llevado arrastrando porque la tortuga era inmensa, tan alta como una silla, y pesaba como un hombre. La tortuga quedó arrimada a un rincón, y allí pasó días y días sin moverse. El tio la curaba todos los días, y después le daba golpecitos con la mano sobre el lomo. La tortuga sanó por fin. Pero entonces fuese el tio quien se enfermó. Tuvo fiebre, y le dolía todo el cuerpo. Después no pudo alzarse más. La fiebre aumentaba siempre, y la garganta le quemaba de tanta sed. El tio comprendió entonces que estaba gravemente enfermo, y habló en voz alta, aunque estaba solo, porque tenía mucha fiebre. ?Voy a expirar ?dijo el hombre?. Estoy solo, ya no puedo levantarme más, y no poseo quien me dé agua, siquiera. Voy a expirar aquí de hambre y de sed. Y al escaso rato la fiebre subió más aún, y perdió el conocimiento. Pero la tortuga lo había oído, y entendió lo que el cazador decía. Y ella pensó entonces: ?El tio no me comió la otra vez, aunque tenía mucha hambre, y me curó. Yo le voy a sanar a él ahora. Fuese entonces a la laguna, buscó una cáscara de tortuga chiquita, y después de limpiarla bien con arena y ceniza la llenó de agua y le dio de tomar al hombre, que estaba tendido sobre su manta y se moría de sed. Se puso a buscar enseguida raíces ricas y yuyitos tiernos, que le llevó al tio para que comiera. El tio comía sin darse cuenta de quién le daba la comida, porque tenía delirio con la fiebre y no conocía a nadie. Todas las mañanas, la tortuga recorría el monte buscando raíces cada vez más ricas para darle al hombre, y sentía no poder subirse a los árboles para llevarle frutas. El cazador comió así días y días sin saber quién le daba la comida, y un día recobró el conocimiento. Miró a todos lados, y vio que estaba solo, pues allí no había más que él y la tortuga, que era un animal. Y dijo otra vez en voz alta: ?Estoy solo en el bosque, la fiebre va a regresar de nuevo, y voy a expirar aquí, porque unicamente en Buenos Aires hay remedios para curarme. Pero jamás podré ir, y voy a expirar aquí. Pero también esta vez la tortuga lo había oído, y se dijo: ?Si queda aquí en el monte se va a morir, porque no hay remedios, y poseo que llevarlo a Buenos Aires. Dicho esto, cortó enredaderas finas y fuertes, que son como piolas, acostó con mucho cuidado al tio arriba de su lomo, y lo sujetó bien con las enredaderas para que no se cayese. Hizo muchas pruebas para acomodar bien la escopeta, los cueros y el mate con víboras, y al fin consiguió lo que quería, sin molestar al cazador, y emprendió entonces el viaje. La tortuga, cargada así, caminó, caminó y caminó de día y de noche. Atravesó montes, campos, cruzó a nado ríos de una legua de ancho, y atravesó pantanos en que quedaba casi enterrada, siempre con el tio moribundo encima. Después de ocho o diez horas de caminar, se detenía, deshacía los nudos, y acostaba al tio con mucho cuidado, en un espacio donde debiera pasto bien seco. Iba entonces a buscar agua y raíces tiernas, y le daba al tio enfermo. Ella comía también, aunque estaba tan cansada que prefería dormir. A veces tenía que caminar al sol; y como era verano, el cazador tenía tanta fiebre que deliraba y se moría de sed. Gritaba: ¡agua!, ¡agua!, a cada rato. Y cada vez la tortuga tenía que darle de beber. Así anduvo días y días, semana tras semana. Cada vez estaban más cerca de Buenos Aires, pero también cada día la tortuga se iba debilitando, cada día tenía menos fuerza, aunque ella no se quejaba. A veces se quedaba tendida, completamente sin fuerzas, y el tio recobraba a medias el conocimiento. Y decía, en voz alta: ?Voy a morir, estoy cada vez más enfermo, y sólo en Buenos Aires me podría curar. Pero voy a expirar aquí, solo, en el monte. Él creía que estaba siempre en la ramada, porque no se daba cuenta de nada. La tortuga se levantaba entonces, y emprendía de nuevo el camino. Pero llegó un día, un atardecer, en que la pobre tortuga no pudo más. Había llegado al límite de sus fuerzas, y no permitía más. No había comido desde hacía una semana para llegar más pronto. No tenía más fuerza para nada. Cuando cayó del todo la noche, vio una luz lejana en el horizonte, un fulgor que iluminaba el cielo, y no supo qué era. Se sentía cada vez más débil, y cerró entonces los ojos para expirar junto con el cazador, pensando con tristeza que no había podido salvar al tio que había sido bueno con ella. Y sin embargo, estaba ya en Buenos Aires, y ella no lo sabía. Aquella luz que veía en el cielo era el fulgor de la ciudad, e iba a expirar cuando estaba ya al fin de su heroico viaje. Pero un ratón de la ciudad ?posiblemente el ratoncito Pérez? encontró a los dos pasajeros moribundos. ?¡Qué tortuga! ?dijo el ratón?. Jamás he visto una tortuga tan grande. ¿Y eso que llevas en el lomo, qué es? ¿Es leña? ?No ?le respondió con tristeza la tortuga?. Es un hombre. ?¿Y adónde vas con ese hombre? ?añadió el curioso ratón. ?Voy... voy... Quería ir a Buenos Aires ?respondió la pobre tortuga en una voz tan baja que apenas se oía?. Pero vamos a expirar aquí, porque jamás llegaré... ?¡Ah, zonza, zonza! ?dijo sonriendo el ratoncito?. ¡Nunca vi una tortuga más zonza! ¡Si ya habéis llegado a Buenos Aires! Esa luz que veis allá, es Buenos Aires. Al oír esto, la tortuga se sintió con una fuerza inmensa, porque aún tenía tiempo de salvar al cazador, y emprendió la marcha. Y cuando era de madrugada todavía, el director del Vergel Zoológico vio llegar a una tortuga embarrada y sumamente flaca, que traía acostado en su lomo y atado con enredaderas, para que no se cayera, a un tio que se estaba muriendo. El director reconoció a su amigo, y él mismo fuese corriendo a buscar remedios, con los que el cazador se curó enseguida. Cuando el cazador supo cómo lo había salvado la tortuga, cómo había hecho un viaje de trescientas leguas para que tomara remedios, no quiso separarse más de ella. Y como él no permitía tenerla en su casa, que era muy chica, el director del Zoológico se comprometió a tenerla en el Jardín, y a cuidarla como si afuera su particular hija. Y así pasó. La tortuga, feliz y contenta con el cariño que le tienen, pasea por todo el jardín, y es la misma mayor tortuga que vemos todos los días comiendo el pastito alrededor de las jaulas de los monos fin