martes, 10 de junio de 2014

Historias infantiles, Los maestros invertidos (5)

Gracias, maestro invertido, por enseñarme a honorar, a reverenciar, a homenajear el ahora. A sentirlo como un niño que juega en mi interior sin preocuparse por el próximo juego, sin malograr el instante con demasiada palabrería sino más bien honrándolo El ahora nos invita a despojarnos de vestigios obsoletos, de restos excesos para quedarnos desnudos en la luz del corazón y la hermosura del ser. Una vez desnudos vibramos en el ahora y el Universo nos invieste de su poder, fundido con el nuestro. Desde entonces, la vida se hace sola, viene hacia nosotros aquello que nos pertenece y a lo que no nos aferramos, permaneciendo conscientes en cada momento de la existencia, con los ojos interiores abiertos para no perdernos en el mundo y no perder el instante. La aplomo se instaura en vuestros actos y la infinitud se refleja en vuestra nueva mirada. Con el mutismo posado en el corazón, cada latido establece un cántico a la vida donde se mecen las melodías de los ángeles. La vida sabe dulce y amarga pero siempre se percibe igual, impasible e imparcial desde la paz y la fortaleza de adentro. Imagen registrada en Safe Creative* Mostrarme lo que no soy, clarifica y esclarece lo que sí soy. Inevitablemente, me conduce directa a ello. Gracias por enseñarme a ser neutral. Y si hay algo negativo en ti que sí soy, entonces lo rectifico, lo reparo en mí y ya no será necesaria tu presencia. He venido a recordar lo que soy, a entrenarme mediante el aprendizaje para rememorar lo que en otro plano dejé atrás o quedó zarcillo y que debo descubrir en la Tierra para llevármelo allá donde vaya y completar mi evolución aquí. la dicha y la plenitud constituyen mi compromiso de aquí Gracias a todos: Por enlazarme con el presente, por contribuir a crear en mi mente un lugar más amplio, por mostrarme los entresijos de la mente humana, por adiestrarme en el reconocimiento del cada ahora que por nada se deja afectar o contaminar pues es en sí mismo, imbatible en su naturaleza divina, perpetuo y efímero en su constitución. Autor: María Jesús Verdú S.

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