lunes, 28 de julio de 2014

Historias infantiles, Las honradas mariquitas

Cuenta una extraña anécdota que las mariquitas perdonan, pero no olvidan. Según parece, al comienzo las mariquitas no tenían sus célebres puntitos negros. Escaso antes todas estuvieron a punto de desaparecer cuando guiadas por el famosísimo Cayus Insectus, una tormenta inundó el sendero por el que viajaban. Las pocas que sobrevivieron tuvieron que escoger el sustituto de Cayus Insectus, desaparecido entre las aguas, y decidieron que lo sería quien primero llegara al lago de la región sur y regresara para describirlo. Las mariquitas se lanzaron a la aventura, y escaso a escaso fueron regresando, contando lo bello que estaba el lago en aquella estación del año, con sus aguas cristalinas, lleno de flores y hierba fresca en sus orillas. Pero la última de todas ellas tardaba en llegar. La esperaron hasta 3 días, y cuando regresó, lo hacía cabizbaja y avergonzada, pues no había llegado a descubrir el lago. Todas criticaron la torpeza y lentitud de la joven mariquita, y se prepararon para continuar el viaje al día siguiente. Siguiendo al nuevo guía, caminaron toda la mañana hacia el Norte, hasta que al atravesar unas hierbas espesas y altas, se detuvieron atónitos: ¡frente a ellos estaba el Mayor Lago! y no tenía ni flores, ni hierba, ni aguas cristalinas. Las masivos lluvias lo habían convertido en una mayor charca verdosa rodeada de barro. Todos comprendieron al momento la situación, pues al ser arrastrados por el río habían dejado atrás el lago sin saberlo, y cuantos salieron a buscarlo lo hicieron en dirección equivocada. Y vieron cómo, salvo aquella tardona mariquita, todos deseaban tanto convertirse en Mayor Guía, que no les había importado mentir para conseguirlo; e inclusive llegaron a verificar que el nefasto Cayus Insectus había llegado a aquel ya que de la misma forma. Así pues la mariquita tardona, la única en quien de realidad confiaban, se convirtió en Mayor Guía. Y decidieron asimismo que cada vez que una de ellas afuera descubierta engañando, pintarían un lunar negro en su espalda, para que no pudiera ni borrarlos, ni saber cuántos tenía. Y desde entoces, cuando una mariquita mira a otra por la espalda, ya sabe si es de fiar por el número de lunares. Como las mariquitas, también las personas pintan lunares en la imagen de los demás cuando no muestran su honradez. Y basta con tener un sólo lunar negro para abandonar de ser un simple insecto rojo y convertirse en una mariquita. Así que, por grande que sea el premio, no hagamos que nadie pueda pintarnos ese lunar. Autor: Pedro Pablo Sacristá

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