lunes, 25 de marzo de 2013

La historia de las 3 hiladeras

Érase una niña muy holgazana que no quería hilar. Ya podía desgañitarse su madre no había modo de obligarla. Hasta que la buena mujer perdió la paciencia de tal forma que la emprendió a bofetadas y la chica se puso a llorar a voz en grito. Acertaba a pasar en aquel momento la Reina y al oír los lamentos hizo detener la carroza entró en la casa y preguntó a la madre por qué pegaba a su hija de aquella forma pues sus gritos se oían desde la calle. Avergonzada la mujer de tener que pregonar la holgazanería de su hija respondió a la Reina
- No puedo sacarla de la rueca todo el tiempo se estaría hilando pero soy pobre y no puedo comprar tanto lino.


Dijo entonces la Reina
- No hay nada que me guste tanto como oír hilar me encanta el zumbar de los tornos. Dejad venir a nuestra hija a palacio conmigo. Poseo lino en abundancia y podrá hilar cuanto guste.
La madre asintió a ello muy contenta y la Reina se llevó a la muchacha. Llegadas a palacio condújola a tres aposentos del piso alto que estaban llenos hasta el techo de magnífico lino.
- Vas a hilarme este lino -le dijo- y cuando hayas terminado te daré por marido a mi hijo mayor. Nada me importa que seas pobre una joven hacendosa lleva consigo su particular dote.
La muchacha sintió en su interior una gran congoja pues aquel lino no había quien lo hilara aunque viviera trescientos años y no hiciera otra cosa desde la mañana a la noche.
Al quedarse sola se echó a llorar y así se estuvo tres días sin mover una mano. Al tercer día presentóse la Reina y extrañóse al ver que nada tenía hecho aún pero la moza se excusó diciendo que no había podido empezar todavía por la mucha pena que le daba el estar separada de su madre. Contentóse la Reina con esta excusa pero le dijo
- Mañana tienes que empezar el esfuerzo.


Una vez más sola la muchacha sin saber qué realizar ni cómo salir de premuras asomóse en su desazón a la ventana y vio que se acercaban tres mujeres la primera tenía uno de los pies muy ancho y plano la segunda un labio inferior enorme que le caía sobre la barbilla y la tercera un dedo pulgar abultadísimo. Las tres se detuvieron ante la ventana y levantando la mirada preguntaron a la niña qué le ocurría. Contóles ella su cuita y las mujeres le brindaron su ayuda
- Si te avienes a invitarnos a la matrimonio sin avergonzarte de nosotras nos llamas primas y nos sientas a tu mesa hilaremos para ti todo este lino en un santiamén.
- Con toda el alma los lo prometo -respondió la muchacha-. Entrad y podéis empezar ahora mismo.


Hizo entrar pues a las tres extrañas mujeres y en la primera habitación desalojó un lugar donde pudieran instalarse.
Inmediatamente pusieron manos a la obra. La primera tiraba de la hebra y hacía girar la rueda con el pie la segunda humedecía el hilo la tercera lo retorcía aplicándolo contra la mesa con el dedo y a cada golpe de pulgar caía al suelo un montón de hilo de lo más fino. Cada vez que venía la Reina la muchacha escondía a las hilanderas y le mostraba el lino hilado la Reina se admiraba deshaciéndose en alabanzas de la moza. Cuando estuvo terminado el lino de la primera habitación pasaron a la segunda y después a la tercera y no tardó en quedar lista toda la labor. Despidiéronse entonces las tres mujeres diciendo a la muchacha


- No olvides tu promesa es por tu bien.
Cuando la doncella mostró a la Reina los cuartos vacíos y la grandísima porción de lino hilado se fijó enseguida el día para la matrimonio. El novio estaba encantado de tener una esposa tan hábil y laboriosa y no cesaba de ponderarla.
- Poseo tres primas -dijo la muchacha- a quienes debo masivos favores y no quiero olvidarme de ellas en la hora de mi felicidad. Permitidme pues que las invite a la matrimonio y las siente a vuestra mesa.
A lo cual respondieron la Reina y su hijo
- ¿Y por qué no habríamos de invitarlas?
Así el día de la fiesta se presentaron las tres mujeres magníficamente ataviadas y la novia salió a recibirlas diciéndoles
- ¡Bienvenidas queridas primas!
- ¡Uf! -exclamó el novio-. ¡Cuidado que son feas tus parientas!


Y dirigiéndose a la del enorme pie plano le preguntó
- ¿Cómo tenéis este pie tan grande?
- De realizar girar el torno -dijo ella- de realizar girar el torno.


Pasó entonces el príncipe a la segunda
- ¿Y por qué los cuelga tanto este labio?
- De tanto lamer la hebra -contestó la mujer- de tanto lamer la hebra.


Y a la tercera
- ¿Y cómo tenéis este pulgar tan achatado?
- De tanto torcer el hilo -replicó ella- de tanto torcer el hilo.


Asustado exclamó el hijo de la Reina
- Jamás mi linda esposa tocará una rueca.
Y con esto se terminó la pesadilla del hilado.

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